¿Sabes bien con quién vas a hacer negocios? Cómo unbackground check de inversionistas puede protegerte a tiempo

Un colombiano se hizo pasar por príncipe saudí y defraudó a empresarios e inversionistas pero
una verificación bastó para desenmascararlo.

Tenía un penthouse en Fisher Island, un Ferrari con placas diplomáticas y una historia que nadie cuestionaba: era un príncipe saudí con acceso a las mejores inversiones del planeta. El hombre detrás del personaje es Anthony Gignac, nacido en Bogotá, adoptado de niño por una familia de Míchigan y conocido durante años como Khalid bin Al-Saud.

Según el Departamento de Justicia de EE. UU., en 2015 creó con un cómplice la empresa Marden Williams International LLC para captar dinero de empresas y particulares. Su gancho era Saudi Aramco: ofrecía participación en la petrolera y acceso anticipado a su salida a bolsa, con documentos falsificados que parecían venir de altos funcionarios saudíes. También ofrecía una farmacéutica en Irlanda, un casino en Malta, hoteles de lujo y un negocio de combustible de aviación, todo respaldado por una puesta en escena de relojes, joyas, autos y viviendas de lujo.

Funcionó: defraudó a unas 26 víctimas en varios países por más de 8 millones de dólares, y una sola aportó 5 millones.

Así fue como cayó el falso principe

En 2017, Gignac intentó comprar el 30 % del hotel Fontainebleau de Miami Beach por 440 millones de dólares. Ahí se rompió la fachada. Jeffrey Soffer, dueño del hotel y su contraparte en la negociación, notó algo que no cuadraba: el supuesto príncipe, presentado como un musulmán devoto, pedía y comía abiertamente tocino y otros productos de cerdo, algo prohibido por las normas religiosas que rigen en Arabia Saudita.

No fue lo único. Según reportes de prensa, Gignac exigía un trato de realeza absoluta, pero cometía errores propios de la clase media o baja: vigilaba obsesivamente los gastos pequeños e incluso quería llevarse las sobras de banquetes costosos. Para alguien que decía poner sobre la mesa 440 millones de dólares, ese comportamiento resultaba contradictorio.

Esas incongruencias hicieron que Soffer desconfiara y no se quedara con la duda: según reportes, contrató a una compañía dedicada a background checks para investigar al supuesto príncipe saudí. La investigación expuso la farsa y el informe fue entregado a las autoridades federales. Meses después, Gignac fue detenido al intentar viajar con un pasaporte falso. Se declaró culpable de fraude electrónico, conspiración, robo de identidad agravado y de hacerse pasar por diplomático, y en 2019 fue sentenciado a más de 18 años de prisión.

La parte más incómoda: todo estaba a la vista

Lo más revelador del caso no es lo sofisticado del engaño, sino lo antiguo que era. Según las autoridades, Gignac obtuvo en 1987 una identificación de California a nombre de “Khalid al-Saud”. Desde entonces fue arrestado unas once veces por esquemas relacionados con su personaje. En 1991 se declaró no contestante por estafar a una empresa de limusinas y a un hotel de lujo de Beverly Hills, y en 2006 aceptó cargos por hacerse pasar por diplomático e intento de fraude bancario en Míchigan. Es decir: un historial judicial que cualquiera con acceso a los registros públicos pudo haber encontrado.

Sin embargo, la gran mayoría de quienes le entregaron su dinero lo hicieron sin hacerse, o sin exigir, las preguntas más elementales: ¿quién es esta persona?, ¿qué antecedentes tiene?, ¿existen de verdad las empresas que menciona?, ¿alguien en Aramco puede confirmar esta relación? Solo uno, Jeffrey Soffer, desconfió y decidió comprobarlo. Esa diferencia lo cambió todo: mientras otros se dejaron llevar por la imagen, una sola verificación bastó para desmontar un engaño de décadas.

Verificar no es desconfiar

Existe la creencia de que pedirle antecedentes a un inversionista es una ofensa, casi una falta de respeto hacia quien está poniendo dinero sobre la mesa. El caso Gignac demuestra lo contrario: el inversionista legítimo no tiene nada que ocultar y entiende que la verificación protege a ambas partes, mientras que quien tiene algo que esconder suele presionar para que todo se cierre rápido, evita las preguntas y recurre a su apellido, a su aspecto o a sus contactos como sustituto de las pruebas.

Un background check o debida diligencia consiste en confirmar, con fuentes independientes, quién es la persona o la empresa con la que se va a hacer negocios. Eso significa corroborar su identidad y, si invoca un título o una relación con una autoridad extranjera, confirmarlo directamente con esa institución y no con los contactos que él mismo proporciona. Significa buscar demandas, procesos de cobro, quiebras y antecedentes penales en la Rama Judicial de Puerto Rico, en los tribunales federales a través de PACER y en los tribunales estatales de los lugares donde haya vivido o hecho negocios. Implica revisar las listas de sanciones internacionales, como las de OFAC, y confirmar en el Registro de Corporaciones del Departamento de Estado de Puerto Rico o en el registro estatal que corresponda, como Sunbiz en Florida, que la empresa existe, quiénes son sus dueños y desde cuándo opera. Y exige comprobar el origen del dinero con la entidad financiera directamente, porque un estado de cuenta o una carta bancaria entregados por el propio inversionista pueden falsificarse con facilidad.

Las señales que casi siempre aparecen

Hay patrones que se repiten en este tipo de fraudes y que el caso Gignac ilustra bien. Una riqueza espectacular que nadie puede confirmar con fuentes independientes. Una ostentación que reemplaza a los documentos financieros. Oportunidades “exclusivas” y confidenciales, como participaciones en empresas estatales que aún no se ofrecen al público. Empresas recién constituidas, sin historial ni operación comprobable. Urgencia para cerrar rápido y reticencia a que asesores externos revisen los documentos. Comportamientos que no cuadran con el personaje que se proyecta, como hábitos, costumbres o gestos que contradicen la identidad o el nivel de riqueza que se aparenta. Y, en el peor de los casos, un historial de nombres, alias o identidades distintas. Una sola de estas señales ya es motivo para detenerse y verificar antes de seguir.

Por qué conviene dejarlo en manos de especialistas

Hacer esta verificación por cuenta propia es posible, pero consume tiempo y exige saber dónde buscar, cómo interpretar lo que se encuentra y cómo contrastar información entre Puerto Rico, Estados Unidos y otras jurisdicciones. Ahí es donde una firma especializada como Smart Screening marca la diferencia: se dedica a realizar verificaciones de antecedentes de forma profesional, ordenada y documentada, para que las decisiones se tomen con datos y no con corazonadas. En un caso como el de Gignac, donde el engaño se extendió por décadas, varios estados y múltiples identidades, lo que hace falta es un proceso sistemático y alguien que sepa cruzar fuentes, detecta inconsistencias y hacer las preguntas incómodas antes de firmar. Además, un proceso documentado deja constancia de que la empresa actuó con diligencia, algo que puede resultar decisivo si más adelante surge una disputa.

La lección

Quienes cayeron en la trampa del falso príncipe no eran personas ingenuas: eran empresarios e inversionistas que confiaron en una imagen. Jeffrey Soffer, en cambio, desconfió de los detalles que no encajaban y mandó investigar a fondo quién era realmente. Esa decisión bastó para desmontar un engaño de décadas. Verificar cuesta unos días y una fracción del monto en juego; no hacerlo puede costar millones, la reputación y años de trabajo. Antes de aceptar el dinero de un inversionista, vale la pena preguntarse qué sabemos de él que no nos haya contado él mismo.

¿Va a recibir capital o a asociarse con alguien que no conoce bien? Antes de firmar, verifique. Contacte a Smart Screening y proteja su empresa con una debida diligencia profesional:
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Este artículo es informativo y no constituye asesoría legal. Para operaciones de monto relevante, consulte con un abogado.

Fuentes

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